Brujería, justicia y memoria en un policial atrapante

La periodista y escritora Lala Sosa presenta En cuna de brujas, su segunda novela. Fruto de una profunda investigación sobre casos policiales, Sosa construye y sostiene la tensión de su relato mientras entrelaza el crimen de una adolescente con la potencia de lo esotérico, en un policial vertiginoso.

Brujería, justicia y memoria en un policial atrapante

En cuna de brujas, nacida como homenaje para mantener vivas las historias trágicas de dos chicas —Aldana Salama, su compañera de trabajo cuando tenía veinte años, y Rocío Ayelén Artiga, una adolescente que apareció muerta a la salida de un boliche—, nos enfrenta con la cara más oscura de la justicia. Y lo hace, además, sumergiéndonos en un mundo complejísimo del que lo ignoramos casi todo: el de la brujería.


El tema central de la novela es la búsqueda de los culpables de la muerte de una chica de dieciocho años que aparece, de madrugada, tirada en la vereda de un boliche de Palermo.


En el texto, Sosa hace brillar, bien delineadas y fascinantes, reconocibles en sus registros de lenguaje, a las mujeres de la familia de la chica muerta junto con los demás personajes femeninos, mientras mantiene a los masculinos en la periferia.


El ritmo y la tensión no decaen y, a medida que leemos, no podemos evitar preguntarnos, sospechar y querer seguir adelante hasta esclarecer el caso. En ese camino pasamos de la atmósfera angustiante de la casa de las brujas contemporáneas a la igualmente oscura de los juzgados y tribunales.


—Las brujas son mujeres antes que brujas. Arrancan de un lugar triste, donde saben que no van a recibir la ayuda que merecen de parte de un sistema corrupto. Pero, a la vez, hay en ellas ideas y creencias que rozan una ficción casi mágica, que opera como metáfora del trabajo interno de imaginar otro mundo posible para traerlo al plano real —explica Lala.


Brujería, justicia y memoria en un policial atrapante


Rituales, protectores y favores

La novela nos descubre un territorio de rituales de apoyo o de daño, de deberes y obediencias a protectores que exigen y castigan, que dominan la vida de quienes se atreven a solicitar favores. Un universo plagado de “trabajos” y conjuros, donde los pedidos a entidades veneradas no siempre resultan exitosos sin perjudicar a otros.


—Las mujeres que entrevisté trabajan casi todas con una suerte de protector en quien confían y de quien reciben ayuda. Puede ser un santo, una deidad o alguno de sus muertos que las guía y cuida. La verdad es que, en alguna medida, sin entrar al mundo mágico, sino al de la memoria de los afectos, todos tenemos presentes a parientes o amigos que ya no están y a quienes muchas veces invocamos para que nos ayuden.


En cuna de brujas es una novela en la que la luz está ausente, a pesar de los destellos de esperanza que sostienen algunos personajes para encontrar a los culpables de esa muerte. Una atmósfera cargada de velas, muñecos, fotos, vísceras, prendas, tierra y hierbas, y de acciones como enterrar, quemar, atar, congelar y ofrecer, que aparecen como un recurso de lucha frente a una justicia que no va a ayudarlas.


El poder oculto en lo doméstico

—Además, mi propia conexión con una tarotista del Bajo Flores me sirvió para entender el enorme poder que estas mujeres ejercen operando desde lo doméstico, desde ese lugar de apariencia tan infértil que son las cocinas de las casas. Mi tarotista era una mujer normal, un ama de casa que realizaba trabajos luminosos de ayuda, apertura de caminos y limpias, pero que también era capaz de cosas más oscuras.


El ambiente opresivo de los escenarios habitados por la víctima, su hermana y su madre, y que sus tías visitan con frecuencia, funciona como una especie de trampa sin salida que me remite a la sordidez abrumadora de la magistral Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued.


Una escritura visual y cinematográfica


Brujería, justicia y memoria en un policial atrapante


En En cuna de brujas reconocemos una escritura femenina que se detiene en la descripción de los detalles visuales, como la ropa, los muebles y los adornos de cada ambiente, pintándolos de manera cinematográfica.


A propósito, Sosa reconoce que su formación como guionista le aporta las herramientas para manejar con precisión los tiempos y la tensión dramática, mientras que su experiencia periodística le imprime al relato un método de investigación riguroso y un dominio afinado del tratamiento de los hechos en los medios.

Texto: Luz Marti

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