Cuando lo extraordinario se vuelve paisaje

¿Dejamos de valorar aquello que alguna vez soñamos?

Cuando lo extraordinario se vuelve paisaje

Hace algunos años, la idea de llevar una computadora en el bolsillo parecía ciencia ficción. Hablar cara a cara con alguien que estaba en otro continente era algo reservado para las películas. Obtener una respuesta instantánea a cualquier pregunta, escuchar millones de canciones desde un teléfono o conversar con una inteligencia artificial pertenecía al terreno de la imaginación.


Hoy todo eso forma parte de nuestra vida cotidiana.

Lo usamos, lo aprovechamos y, muchas veces, ni siquiera pensamos en ello.


Lo mismo ocurre con muchas otras cosas que forman parte de nuestra historia personal. La casa que soñábamos tener. El jardín que imaginábamos disfrutar. El trabajo por el que nos esforzamos durante años. Los hijos que crecieron. Los amigos que nos acompañan. Incluso nuestra propia salud.

La mayoría de las veces no dejamos de valorarlos porque hayan perdido importancia. Dejamos de verlos porque nos acostumbramos a ellos.


Y esa capacidad de acostumbrarnos es, al mismo tiempo, una de las mayores fortalezas y una de las mayores paradojas de la condición humana.


El cerebro que nos ayudó a sobrevivir

En su libro The How of Happiness, la psicóloga Sonja Lyubomirsky explica el fenómeno conocido como adaptación hedónica. Se trata de la tendencia que tenemos las personas a regresar, con el tiempo, a nuestro nivel habitual de satisfacción, incluso después de experimentar cambios muy positivos o muy negativos.


Dicho de una manera sencilla: nos acostumbramos.

Nos acostumbramos a las dificultades y también a las mejoras.


Esa capacidad ha sido fundamental para nuestra supervivencia. Si cada pérdida nos paralizara para siempre o cada logro nos mantuviera eufóricos indefinidamente, nos resultaría imposible seguir adelante. El cerebro está diseñado para estabilizarse, para convertir lo excepcional en cotidiano y permitirnos continuar.


El problema es que ese mismo mecanismo que nos ayuda a superar los momentos difíciles también hace que los sueños cumplidos pierdan brillo con el paso del tiempo.


Quizás por eso muchas personas descubren que la felicidad prometida por una meta dura menos de lo que imaginaban. No porque la meta fuera equivocada, sino porque el cerebro rápidamente la incorpora como parte de la normalidad.

Lo extraordinario deja de parecer extraordinario.


Y comienza a formar parte del paisaje.


La trampa de la próxima zanahoria

La cultura actual parece alimentarse de esa tendencia. Siempre hay algo más por alcanzar.

Un nuevo destino para visitar.

Una nueva experiencia.

Una nueva compra.

Un nuevo objetivo.


Vivimos rodeados de mensajes que nos sugieren que la felicidad está apenas un paso más adelante.


Que llegará cuando terminemos un proyecto, cuando hagamos ese viaje pendiente, cuando logremos determinada meta o cuando finalmente consigamos aquello que creemos que nos falta.


Sin embargo, una vez alcanzado, solemos mover la línea de llegada un poco más lejos.


Y volvemos a correr.


En La auténtica felicidad, el psicólogo Martin Seligman plantea que el bienestar duradero no depende solamente del placer ni de los logros. También surge de los vínculos significativos, del sentido que encontramos en nuestras acciones y de la capacidad de involucrarnos profundamente en aquello que hacemos.


La diferencia es importante.


Porque si la felicidad depende exclusivamente de conseguir algo nuevo, siempre estaremos mirando hacia adelante. En cambio, si también depende de nuestra capacidad para apreciar lo que ya existe, la experiencia cambia por completo.


No se trata de dejar de soñar. Se trata de no postergar la vida mientras perseguimos el próximo sueño.


Recuperar la capacidad de asombro

Tal vez una de las mayores riquezas de quienes han vivido varias décadas sea la perspectiva.


Sabemos cómo era el mundo antes de Internet.

Recordamos cuando las fotos se revelaban.

Fuimos testigos de la llegada de los celulares, de las computadoras personales y de las redes sociales.

Tenemos la posibilidad de comparar.


Y esa perspectiva nos regala algo muy valioso: la capacidad de reconocer que muchas de las cosas que hoy consideramos normales habrían parecido milagrosas hace apenas algunos años.


El economista y psicólogo Daniel Kahneman dedicó gran parte de su trabajo a estudiar cómo las personas experimentamos el bienestar. Sus investigaciones muestran que solemos equivocarnos al predecir cuánto nos harán felices determinados acontecimientos futuros. Imaginamos que ciertos logros transformarán nuestra vida para siempre, cuando en realidad terminamos adaptándonos a ellos mucho más rápido de lo esperado.


Quizás por eso la respuesta no consista en renunciar a los proyectos ni en conformarse con lo que ya se tiene.

La respuesta podría ser mucho más simple.

Detenerse de vez en cuando.


Mirar alrededor.Reconocer aquello que alguna vez deseamos profundamente y hoy damos por sentado.

Porque muchas veces creemos que la felicidad se encuentra en lo que falta.


Y olvidamos que buena parte de ella ya está presente.

La casa que soñábamos.


El viaje que logramos hacer.

Las personas que amamos.

La libertad que tenemos.

La tecnología que simplifica nuestra vida.

La posibilidad de seguir aprendiendo.

Tal vez la verdadera abundancia no consista en acumular más experiencias, más objetos o más logros.


Tal vez consista en desarrollar la capacidad de maravillarnos nuevamente con aquello que ya forma parte de nuestra vida.


Porque muchas de las cosas que hoy vemos como paisaje fueron, alguna vez, exactamente aquello con lo que soñábamos.



Biblioteca de esta edición

The How of Happiness — Sonja Lyubomirsky

Idea central: Tendemos a adaptarnos rápidamente a las mejoras y dificultades de nuestra vida.

La auténtica felicidad — Martin Seligman

Idea central: El bienestar duradero se construye a partir del sentido, los vínculos y el compromiso con la vida.

Pensar rápido, pensar despacio — Daniel Kahneman

Idea central: Solemos equivocarnos al anticipar cuánto nos harán felices los acontecimientos futuros.


Para reflexionar

¿Qué cosa que hoy forma parte de tu rutina fue alguna vez uno de tus mayores sueños?

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