La generación que vio llegar el futuro
De la televisión en blanco y negro a la Inteligencia Artificial

Hubo generaciones que vieron llegar la electricidad. Otras fueron testigos del nacimiento del automóvil o de los primeros vuelos. La nuestra tuvo un privilegio diferente: presenciar cómo el mundo cambiaba una y otra vez delante de nuestros ojos.
Nacimos en una época en la que el teléfono estaba atado a una pared, las fotografías se revelaban y las cartas tardaban días en llegar. La televisión era blanco y negro, tenía pocos canales y se cambiaban a mano girando una perilla, Cuando necesitábamos encontrar una dirección abríamos un mapa de papel o buscábamos en la guia Filcar. Cuando queríamos información consultábamos una pesada colección enciclopedia encuadernada tapas dura en papel que no todos tenían en sus casas y se iba a consultar a las bibliotecas. Cuando alguien viajaba lejos, la distancia era real. No se sabía nada cotideano, todo era por cartas o esperar una comunicación por teléfono larga distancia, que era carísimo.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Haciendo videollamadas con nuestros hijos desde otro continente. Llevando miles de canciones en un dispositivo que cabe en el bolsillo. Accediendo a bibliotecas enteras desde una pantalla. Conversando con inteligencias artificiales capaces de responder preguntas en segundos.
Lo curioso es que hablamos de todo esto con tanta naturalidad que hemos olvidado algo extraordinario: somos una de las pocas generaciones de la historia que pudo presenciar tantas revoluciones en una sola vida. Y no sólo las vimos llegar. Aprendimos a convivir con ellas.
Adaptarse: el verdadero superpoder humano
En su libro Sapiens, el historiador Yuval Noah Harari explica que la gran fortaleza de nuestra especie no ha sido la fuerza física ni la velocidad, sino la capacidad de adaptación. Los seres humanos sobrevivimos porque aprendimos a reorganizarnos frente a nuevos escenarios, a cooperar y a construir herramientas para responder a los desafíos de cada época.
Quizás por eso cada vez que aparece una nueva tecnología sentimos algo familiar. Ocurrió con las computadoras, con Internet, con los teléfonos celulares y con las redes sociales. Hoy sucede con la Inteligencia Artificial.
Escuchamos que todo cambia demasiado rápido, que las reglas del juego vuelven a modificarse y que el futuro parece incierto.
Pero si algo nos enseñó la experiencia es que no es la primera vez.
Cuando aparecieron los cajeros automáticos muchos pensaron que jamás los utilizarían. Cuando llegaron los correos electrónicos hubo quienes dudaron de que reemplazaran las cartas. Cuando Internet comenzó a instalarse en los hogares parecía una herramienta reservada para especialistas. Más tarde llegaron las compras online, las videollamadas, las redes sociales y los teléfonos inteligentes.
Cada una de esas innovaciones generó entusiasmo y resistencia. Cada una despertó preguntas y temores. Y cada una terminó integrándose a nuestra vida cotidiana.
Mirado en perspectiva, el dato más importante no es cuánto cambió el mundo. Lo verdaderamente asombroso es cuánto fuimos capaces de cambiar nosotros.
El patrimonio invisible de una generación
Existe una tendencia natural a pensar que los jóvenes son quienes mejor se adaptan a las transformaciones. Sin embargo, la experiencia cuenta otra historia.
En Ser humanos, el neurólogo Facundo Manes recuerda que el cerebro conserva durante toda la vida una enorme capacidad de aprendizaje. Seguimos incorporando conocimientos, hábitos y habilidades mucho más tiempo del que solemos imaginar.
Tal vez por eso el verdadero patrimonio de una generación no sea solamente lo que acumuló, sino lo que aprendió atravesando cambios.
Porque quienes hoy tienen cincuenta, sesenta o setenta años no sólo vieron aparecer nuevas tecnologías. También atravesaron crisis económicas, transformaciones culturales, cambios en la forma de trabajar, de educar a los hijos y de vincularse con los demás. Aprendieron a reinventarse más veces de las que probablemente recuerdan.
Vivimos la llegada de la televisión color, el VHS, las computadoras personales, Internet, los teléfonos móviles, las redes sociales y ahora la Inteligencia Artificial. Cada una de esas revoluciones exigió algo de nosotros: curiosidad, paciencia, flexibilidad y la voluntad de volver a aprender.
Ese es el patrimonio invisible que muchas veces no valoramos lo suficiente. La resiliencia. La experiencia. La perspectiva.
La certeza de que ya atravesamos cambios enormes y encontramos la manera de seguir adelante.
Mirar el futuro con curiosidad en lugar de miedo
En La sociedad del cansancio, el filósofo Byung-Chul Han advierte sobre una época marcada por la aceleración permanente y la sensación de que nunca es suficiente. Corremos detrás de la próxima novedad, de la próxima actualización, de la próxima habilidad que deberíamos incorporar para no quedarnos atrás.
Quizás por eso tantas personas sienten hoy una mezcla de fascinación y temor frente a la Inteligencia Artificial. La velocidad de los cambios puede resultar abrumadora. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reconocer algo fundamental: ya hemos atravesado muchas revoluciones antes.
La Inteligencia Artificial probablemente transforme la forma en que trabajamos, aprendemos y nos comunicamos. Como antes lo hicieron Internet, los celulares y las computadoras. Habrá incertidumbre. Habrá aprendizajes. Habrá errores. Habrá oportunidades.
Pero también habrá algo que ya conocemos: la posibilidad de adaptarnos.
Quizás el gran desafío de esta etapa no sea tecnológico. Quizás sea emocional. Tal vez se trate de recordar que no somos espectadores del cambio, sino protagonistas de una historia que lleva décadas enseñándonos la misma lección.
Que el ser humano posee una extraordinaria capacidad para reinventarse.
Y que, después de todo lo vivido, tenemos más motivos para mirar el futuro con curiosidad que con miedo.
Biblioteca de esta edición
Sapiens — Yuval Harari
Idea central: La capacidad de adaptación es una de las mayores fortalezas evolutivas del ser humano.
Ser humanos — Facundo Manes
Idea central: El cerebro conserva durante toda la vida una notable capacidad de aprendizaje y transformación.
La sociedad del cansancio — Byung-Chul Han
Idea central: Vivimos en una época de hiperexigencia y aceleración que nos obliga a repensar nuestra relación con el cambio.
Para reflexionar
¿Cuál fue el cambio tecnológico que más transformó tu vida y qué te enseñó sobre vos mismo?
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