¿Qué tiene un Mundial de fútbol que logra emocionarnos tanto?
Lo que la increíble remontada de Argentina nos recordó sobre el espíritu humano.

¿Será que nos inspira a soñar? ¿Será que nos unen los rituales, los abrazos, los festejos y hasta esas cábalas que parecen desafiar toda lógica? ¿Será que nos hace sentir la argentinidad a flor de piel, orgullosos de los talentos que representan nuestros colores?
¿O será que, durante un partido, nos permitimos dejar en pausa las preocupaciones y las obligaciones? Nos permite abstraernos de todo para concentrarnos en algo simple: una pelota, dos arcos y un equipo con el que elegimos soñar. Tal vez esa sea una de las cosas más maravillosas de los deportes en general.
Sin darnos cuenta, nos subimos a una montaña rusa y le entregamos nuestras emociones a un partido cuyo final nadie conoce.
Entonces la pelota empieza a rodar y, con ella, también empiezan a moverse nuestras emociones. Pasamos de la ilusión a la incertidumbre, de la alegría a la frustración, de la desesperanza a volver a creer. Del silencio absoluto a un grito de gol. Del "ya está, no hay nada más por hacer" al "¡todavía se puede!".
El fútbol tiene la extraña capacidad de hacernos vivir, en apenas 90 minutos, emociones que la vida suele repartir a lo largo de muchos años.
Y cuando el árbitro marca el final, volvemos a nuestra vida... pero no volvemos siendo exactamente los mismos.
Mucho más que un partido
No hace falta entender ciencia oculta para disfrutar del fútbol. Una pelota que rueda. Dos arcos enfrentados. Reglas sencillas. Alguna discusión sobre el fuera de juego, el VAR que suma una cuota de justicia —o de polémica— y ahí estamos, todos convocados a la hora señalada para alentar a nuestra Selección.
Pero quizás la verdadera magia del fútbol esté en otro lado.
Tal vez, durante esos 90 minutos, nos recuerda de qué está hecho el espíritu humano.
Nos muestra de lo que somos capaces cuando decidimos no dejarnos caer. De la fuerza que aparece cuando todavía queda un minuto para intentarlo. Del valor de seguir creyendo aun cuando el resultado parece estar escrito.
Porque hay partidos que terminan cuando el árbitro marca el final.
Y hay otros que siguen viviendo dentro de nosotros, dejándonos enseñanzas para toda la vida.
Cuando todo parecía perdido
El encuentro de la Selección Argentina frente a Egipto, en este Mundial 2026, fue uno de esos.
Durante gran parte del partido parecía que la historia ya estaba escrita. El marcador mostraba un duro 2 a 0. La eliminación estaba cada vez más cerca y, como tantas veces ocurre en la vida, era fácil pensar que ya no había nada por hacer.
Muchos de los que estábamos mirando el partido sentíamos que se ponía imposible de remontar.
Pero quienes estaban dentro de la cancha eligieron otro camino. Eligieron seguir corriendo cuando las piernas pesaban. Seguir buscando cuando el tiempo empezaba a jugar en contra. Seguir creyendo cuando millones ya imaginaban un final desfavorable para Argentina.
Y entonces, a los 79 minutos, llegó el primer gol.
La esperanza volvió a asomarse.
Pocos minutos después llegó el empate.
Todo empezaba a parecer posible.
Y cuando la emoción ya parecía no entrar en el cuerpo, en tiempo de descuento llegó el tercero.
En apenas unos minutos cambió el resultado.
Pero, en realidad, el partido había empezado a cambiar mucho antes: en el instante en que ese grupo decidió no rendirse.
Las lágrimas que explican todo
Por eso emocionó tanto ver a Lionel Scaloni y a varios jugadores terminar entre lágrimas. No eran solamente lágrimas por una clasificación.
Eran las lágrimas de quienes conocen el camino recorrido. Años de entrenamiento, sacrificios, críticas, presión, errores, aprendizajes y la enorme responsabilidad de representar a un país entero.
Y, de alguna manera, también eran nuestras.
Porque nosotros habíamos recorrido ese camino con ellos durante esos 90 minutos. Habíamos pasado de la resignación a la esperanza. De la angustia a la ilusión.
De pensar que todo estaba perdido... a terminar abrazados, riendo, llorando y celebrando con personas que, quizás, ni siquiera conocíamos.
Ese es el poder que tiene el deporte cuando logra unir a un país entero detrás de un mismo sueño.
Lo que este equipo nos deja de mensaje sobre la vida
Quizás esa sea la verdadera magia del deporte.
No solo nos regala emociones. Nos deja ejemplos.
Nos recuerda que el liderazgo inspira. Que un equipo unido puede sostenerse aun en los momentos más difíciles. Que la confianza también se contagia. Que la pasión puede vencer al miedo. Y que la resiliencia no consiste en no caerse, sino en seguir intentando mientras todavía exista una oportunidad.
La vida también nos pone partidos difíciles.
Hay momentos en los que sentimos que vamos perdiendo por dos goles. Que los problemas nos superan. Que el reloj corre demasiado rápido. Que ya no queda tiempo para cambiar la historia.
Y, sin embargo, una y otra vez descubrimos que, mientras el partido siga en juego, todavía existe la posibilidad de escribir un final diferente.
Nadie puede prometernos el resultado.
Pero siempre podremos elegir nuestra actitud.
Podremos decidir si nos resignamos… o si seguimos corriendo.
Si dejamos de creer… o si lo intentamos una vez más.
Un pedacito de nuestra propia historia
Quizás por eso el deporte emociona tanto.
Porque, cuando termina el partido, entendemos que nunca estuvo hablando solamente de fútbol.
Nos estaba recordando de qué está hecho el espíritu humano.
Cada uno encuentra en esa historia un reflejo de la propia.
Ese proyecto que parecía perdido.
Ese trabajo que costó conseguir.
Ese duelo que hubo que atravesar.
Esa enfermedad que obligó a sacar fuerzas que no sabíamos que teníamos.
Ese sueño que estuvo a punto de abandonarse.
Por eso celebramos un gol como si fuera nuestro.
No porque el partido sea nuestra vida.
Sino porque, por un instante, nos recuerda que todos tenemos una capacidad inmensa para volver a levantarnos.
Para seguir creyendo.
Para intentarlo una vez más.
Mientras todavía quede tiempo.
Porque hay partidos que duran 90 minutos...
Y hay otros que nos dejan enseñanzas para siempre.
Hay victorias que se festejan. Y hay victorias y porqué no tambien derrotas que, además, nos transforman.
Texto: Liliana Rabboni
Directora Editorial - Country Magazine
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