Jorge Fernández Díaz

 

El periodista y escritor vuelve a la ficción con La Herida, un thriller político que desnuda el mundo de los servicios de inteligencia. 

Jorge Fernández Díaz

Jorge Fernández Díaz es un fenómeno editorial. Su libro de ficción sobre un espía maldito, pero delicioso, El puñal (planeta) aparecido hace dos años, rompió todos los récords de venta en el mercado local: 90.000 ejemplares vendidos. Ahora el periodista, cada vez más cómodo en sus ropas de escritor, vuelve con la saga de Remil, este hijo de re mil puta sin nombre que desnuda el brutal pero fascinante mundo de los servicios de inteligencia. La Herida pronostica ser otro éxito. En sus primeras semanas de venta fue bestseller, superando al imbatible Dan Brown en el rubro ficción y será presentado en España como no se hizo con ningún otro autor argentino.


Pese a su carrera estruendosa, Fernández Díaz es un tipo sencillo. Responde con amabilidad y habla de las cosas más íntimas que, como todo escritor, puso de él en las páginas de La Herida. “Hay una herida fundamental que todos llevamos dentro y que tenemos que descubrir”, dice. En el protagonista se trata de un jefe que rescata a Remil de la locura pero que después lo desconoce por sus errores de principiante. Y en el caso de Fernández Díaz también: tiene que ver con un padre que durante años no le dirigió la palabra cuando él, a los 15, le dijo que quería ser escritor. Los dos desaprobaron y marcaron una huella difícil de superar. Fernández Díaz escribía casi clandestinamente, por las noches, hasta que pudo darse el permiso de ser un gran escritor. Mientras tanto, se ganaba la vida con el oficio de periodista. “El periodismo es mi mujer y la literatura, mi amante”, suele explicar entre risas.


Por suerte, desoyó ese mandato paterno, que le costó tiempo de terapia, y hoy deleita con su narrativa vertiginosa y eficaz. Un thriller político, mezcla con novela policial, que pone los nervios de punta cuando evidencia el lado oscuro de las relaciones mafiosas dentro del poder. La gobernadora María Eugenia Vidal le agradeció a Fernández Díaz haber leído El Puñal para conocer cómo era la trama siniestra con la que luego se enfrentó en la realidad. “Ustedes estaban preparados para arreglar la economia, cosa que no sé si van a poder hacer, pero no para enfrentar a las mafias", le dijo el escritor al presidente Mauricio Macri.


Todos los personajes tienen gustito a realidad. Fernández Díaz recorta historias de los diarios y las guarda para alimentar las intrigas de Remil que parecen ficción. El caso Maldonado, con todo su dramatismo, podría haber estado hecho a medida de este espía para que pudiera contar lo que los medios callan, el lado B de las noticias. Ese es quizás el secreto de la popularidad de estas novelas: todos sentimos que lo que leemos no nos es ajeno. “Me pareció importante poder contar esa intimidad. El periodismo de investigación muestra los hechos, habla de los manipuladores, de los corruptos. Pero otra cosa es mostrarlos en sus manipulaciones, en su trastienda”, explica el autor.


Después de haber escrito El Puñal, un grupo de agentes de inteligencia de elite se contactaron con el escritor para que les firmara un autógrafo. Eran fanáticos de Remil y estaban convencidos de que Fernández Díaz había obtenido información privilegiada. Se juntaron a comer en el restaurante La Parolaccia y los espías le preguntaron cómo se había enterado del caso de los piratas del asfalto que habían sido asesinados por robar un camión con cocaína por error. “Era ficción”, contestó el autor. “Eso fue verdad y sólo lo sabíamos tres personas en la Argentina", le contestaron. Fernández Díaz se atragantó con el almuerzo. “Aquí te pueden matar por imaginar”, pensó. Había imaginado muertes reales.


Quizás por eso el escritor español Arturo Pérez-Reverte escribió sobre El Puñal: “Es tan argentina que estremece". En este país los héroes son infames, mercenarios, corruptos, alejados del estereotipo inquebrantable del detective inglés Sherlock Holmes. Pero igual, por la inexplicable magia de la literatura, este personaje termina siendo querible con el correr de las páginas. Es una herramienta para entender una realidad mafiosa que ya está enquistada en el Estado y que sólo un autor de la calidad de Fernández Díaz es capaz de imaginar.



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