Mariano Sapia: aspirar a una gran obra

Trabajador incansable, Mariano Sapia pinta la ciudad, el Tigre y esa multitud que reconocemos como propia. En su taller de Villa Crespo nos recibe entre cuadros, bocetos y colores mientras confiesa la ambición que todavía lo mantiene en movimiento: lograr ese cuadro buenísimo que todo artista sueña con pintar.

Mariano Sapia: aspirar a una gran obra

Texto: Luz Marti


Mi reunión de trabajo no fue lo que podríamos calificar de inolvidable: un encuentro de relaciones públicas forzadas, falto de espontaneidad, como tantos otros.


No saqué nada demasiado interesante de todo lo que se dijo en la cena… pero las pinturas que adornaban la casa, ¡eso sí que valió la pena!


El dibujo certero de formas vivas, la paleta decidida y las gamas de colores vibrantes me llevaron a perderme en rincones del Tigre, en calles porteñas, en encuentros festivos, populares y multitudinarios, llenos de una vida mucho más atractiva que la que yo compartía en ese momento con mis compañeros de oficina.


Eran obras de Mariano Sapia, a quien decidí conocer lo antes posible.


Unas semanas después entraba en el taller de Villa Crespo de este hijo de un dibujante y una escultora que eligió desde muy chico dedicarse a la pintura. Un artista que obtuvo becas y premios y cuyas obras forman parte de importantes colecciones, entre ellas las del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, Casa de las Américas de La Habana, el Museo de Arte Tigre y el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori.


Al final de un pasillo, precedido por una puerta de hierro calado y adornado con macetas de plantas que se debaten entre morir o no, se abre un PH clásico de techos altos, puertas al patio y luces distintas: cenital y potente para trabajar a gusto; puntual, para iluminar ángulos donde esperan cuadros empezados, mesas con bocetos, libros de arte o caballetes apoyados unos contra otros.


Sapia tiene un abanico de temáticas predilectas: la ciudad, la gente —en grupos, sobre todo— y el Tigre. Las elige muchas veces de acuerdo con la época del año. Cuando hace frío, recurre a los paisajes del Tigre en verano, al sol, al calor, al agua parda y a las plantas que la acarician.


—Yo aprendí con mis padres dibujo y escultura, pero mi carrera en la pintura empezó mientras hacía el colegio secundario y fue guiada por dos grandes maestros: Ernesto Pesce y Carlos Gorriarena. Siento que ellos me acompañan en los aciertos de mi trabajo, mientras que los errores son míos —recuerda mientras compartimos unas tazas de té de un blend alimonado que él mismo prepara, ideal para esa hora de la siesta.


—Cuando empecé tenía un presupuesto acotadísimo y eso me enseñó a pintar con pocos materiales. La escasez me ayudó a optimizar los recursos.


A los veintitrés años empezó a vender cuadros, a trabajar con contrato en una galería y a realizar exposiciones que comenzaron a aparecer en revistas y diarios.


Mariano Sapia: aspirar a una gran obra

PINTAR, ENSEÑAR, APRENDER A MIRAR

Durante años vivió de la venta de sus pinturas sin pensar demasiado en enseñar. Hasta que, en 1998, fue convocado por la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes para dar clases. Allí descubrió que no solo tenía facilidad para hacerlo: también le gustaba.


—En Oriente, cuando alguien es bueno en algo se espera naturalmente que lo enseñe. Yo he aprendido de mis alumnos más que de nadie —dice.


—¡Estoy hablando muchísimo! —se alarma.


Y es cierto. Los temas lo apasionan y va contándome distintas experiencias, cita películas, escritores, ensayistas.


Mientras habla me detengo en un cuadro grande. Es una escena en una tienda de Once: gente que compra telas una mañana cualquiera. El piso es de un rosa inesperado. Hay dos perros dentro del local.


La escena es a la vez fantástica y reconocible. Hasta se podría escuchar el ruido de las calles Paso o Azcuénaga, el movimiento frenético del barrio.


Hoy Mariano Sapia vende su obra por Internet, alejado del circuito de las galerías. Sus compradores son personas que ya lo conocen y tienen obra suya, o que lo descubren en la web y se acercan para elegir una pintura.


Atraviesa ahora un momento con el que durante años soñó: conserva intacto el deseo de comunicar y dispone del tiempo que necesita para terminar un cuadro, dejarlo madurar y completar aquello que siente que todavía le falta.


Pero en el Sapia pintor convive también el Sapia maestro. Y ya no le alcanza con transmitir en sus talleres el conocimiento acumulado: quiere llevarlo a un territorio mucho más amplio.

Por eso creó su canal de YouTube, El Taller de Mariano Sapia.


—Aprender a mirar es vital y siempre fue una parte importante de la enseñanza y del aprendizaje. Siento que muchos alumnos desconocen temas básicos necesarios para una formación en arte. Por eso, para acercar especialmente a los jóvenes y despertar su interés en escuelas o grandes maestros, cada dos semanas, más o menos, subo un video.


Ya lleva alrededor de sesenta. De esta manera puede llegar a alguien que vive en Catamarca o en Santa Cruz y hablarle del arte en Egipto o Sumeria, de Cézanne o Matisse, de Xul Solar o Lacámera y, especialmente, de la historia del arte argentino, cuyo material muchas veces es difícil de encontrar.


Mariano Sapia: aspirar a una gran obra

LA BÚSQUEDA DE UNA GRAN OBRA

Volvemos a la charla. Esta vez toca referirse a la experiencia pura de pintar.


—El artista se convierte en un instrumento de algo que no controla enteramente. No se trata solo de reproducir una imagen que nos interesa, sino de estar alerta y abierto, sin juzgar; un estado semejante al de la meditación. Para mí, un acto de creación auténtica tiene una dimensión espiritual que te guía.


Y recuerda entonces unas palabras de Henri Matisse: “Dios sabe. Dios guía mi mano. Ciertamente, no me habla al oído, pero confío en Él”.


Mariano Sapia camina por su estudio, habla, explica, se entusiasma. Abre una planera blanca y de allí emergen colores estupendos y escenas desbordantes de vida, que va mostrándome una tras otra.


Hay algo curioso en escucharlo después de tantos años de trayectoria, exposiciones, premios, alumnos y cuadros vendidos: no habla como alguien que siente haber llegado.


Todavía busca.


—Como todo artista sigo persiguiendo mi gran ambición: el deseo de lograr una gran obra, de pintar un cuadro buenísimo —dice mientras sonríe y come un pedazo de chocolate.


Mariano Sapia: aspirar a una gran obra

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