Morir en vivo y en directo.

Una masacre transmitida por Facebook Live sin que nadie atinara a bloquearla despertó las alarmas. Qué efecto tiene sobre las personas la naturalización de la muerte.

Morir en vivo y en directo.

Cuarenta y nueve personas asesinadas en vivo. 17 minutos de terror transmitidas por Facebook Live, que se alternaron con fotos del primer día de jardín y del cumpleaños del abuelo en una red social que junta la biblia con el calefón. Los algoritmos de Facebook no alcanzaron a reaccionar. Un verdadero despropósito: pueden detectar un pezón al descubierto, pero no un loco en Nueva Zelanda que decide abrir fuego contra dos mezquitas y contar su hazaña desquiciada al mundo. Como si fuera un video juego en el que las personas reales se equiparan a un dibujo animado que no genera emoción alguna ni sentimiento de culpa. Se apunta, se dispara y chau. La despersonalización de la muerte.

Existe una polémica en el mundo académico sobre cuál es el efecto de los videojuegos, como el Fornite, sobre las personas. Además de la adicción, muchos sostienen que fomentan la violencia, mientras otros alegan que nadie se vuelve asesino por disparar una ametralladora virtual. Probablemente esto último tenga sentido, siempre y cuando, el juego no se tope con un psicópata que no logra diferenciar los límites entre la ficción y la realidad. Como fue el caso de Brenton Tarrant, el tirador de Nueva Zelanda, cuya cara mirando a cámara daba escalofrío. Aunque lo que más preocupa es la naturalización de la muerte en las redes. Matar es como tomar un vaso de agua. Es más, se gana por matar. Y no es la misma sensación cuando de chicos jugábamos a los cowboys y a los indios, que ahora con esas imágenes tamaño natural que hacen imposible no sentir que la vida misma está dentro de la play.

Si bien es cierto que nadie se vuelve Ivan Rakitic por jugar al FIFA 18, tampoco se puede negar que los juegos en red transmiten códigos y valores: destruir al otro es el primero de ellos. Y eso va calando en el inconsciente de los chicos, aunque después los adultos los llevemos al colegio y les enseñemos que la tolerancia es una forma civilizada de vivir en sociedad.

No es lo mismo ver pasivamente una película de tiros. Ahora existen joysticks que vibran cuando en la pantalla se descuartiza a una persona. Y salieron al mercado juegos que proponen violar mujeres, con actos cuanto más sádicos mejor ya que permiten acumular más puntos. Para el público infantil aparecieron los “Momos”, personajes terroríficos que se mezclan con la inocente Peppa Pig, e incentivan a los más chicos a cortarse las venas bajo la amenaza de que, si lo cuentan, les va a pasar algo a sus padres. El mismo argumento basado en el silencio que usan los pedófilos. Todo eso se puede encontrar en YouTube con apenas un par de clics.

Me cuesta creer que estos juegos tengan un efecto cero en las personas. Probablemente lo veamos en el futuro, en las próximas generaciones formadas al calor del pensamiento 3.0. Tecnología siempre equivale a progreso y, en el inconsciente colectivo, a bienestar. ¿Quién puede negar la democratización de la información que trajeron las redes y los beneficios de la hipercomunicación global?

Pero algunas fallas en el sistema ya comenzaron a aparecer. Facebook Live no puede controlar en tiempo real a sus propios usuarios. Los responsables de la red explicaron que, apenas se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, bloquearon al terrorista y a todos aquellos que le ponían un like. Pero hubo 17 minutos de zona liberada. No hubo un ser humano que pudiera mirar con sentido común esa insensatez.

En cuanto al control sobre lo que miran niños y adolescentes en las redes, también tiene que haber un ser humano cerca de ellos: los padres, que son los únicos que pueden acompañar a sus hijos en este proceso de transformación digital. Nada puede dejarse librado a los algoritmos y a los creadores de videojuegos que comercializan sus productos con el único fin de hacer un negocio, que vaya uno a saber cómo impactarán en las mentes de cada uno de los gamers.

Morir en vivo y en directo.

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