Señores, esta es la pobreza.

Soñaba con comer alfajores. Se dio cuenta que todas las casas tenían baño cuando un compañero del grado la invitó a pasar la tarde y no tuvo que caminar varios metros a la intemperie en busca de una letrina.

Señores, esta es la pobreza.

Soñaba con comer alfajores. Se dio cuenta que todas las casas tenían baño cuando un compañero del grado la invitó a pasar la tarde y no tuvo que caminar varios metros a la intemperie en busca de una letrina. Mayra arena, la mayor de cuatro hermanos, vivía de niña en la marginalidad más absoluta de una villa de bahía blanca. El resentimiento la llevó a agarrarse varias veces a las trompadas: sus compañeros se burlaban de ella porque tenía útiles de varón. no sabía cómo decirles que era pobre. Las palabras son impotentes en estos casos. sólo le salía reaccionar y mirar con rencor. sobrevivía todos los días de invierno sobre un piso de tierra, con una sola campera para dos y comiendo una vez al día. a las seis de la tarde la mandaban a dormir para no sentir el hambre de la cena. y cuando llovía tenía que faltar al colegio para cuidar que el rancho no se inundara.

Veinte años después, Mayra llegó a la televisión para contar qué tiene en la cabeza un pobre. Su testimonio llegó a ser masivo gracias a una charla ted que se viralizó y la sociedad quedó impactada. increíble. Parece mentira que todos nosotros no supiéramos eso hasta ahora. Que hay chicos que comen una vez al día. Y que más de la mitad de los niños de nuestro país están bajo la línea de pobreza. ¿de qué nos asombramos? Si los vemos todos los días en la calle. Si nos los cruzamos a diario pidiendo en un semáforo con los ojos derrotados. ¿o es que, en realidad, no miramos unas cuadras más allá del propio ombligo? Mayra tuvo una virtud, triste, pero una virtud al fin: pudo traspasar los prejuicios que los pobres generan en gran parte de la sociedad y habló con el idioma de la clase media. Esa chica de pelo enrulado y sonrisa amplia, con un lenguaje elaborado y una claridad de pensamiento asombrosa, que estudia ciencias políticas en la universidad pública, no es el estereotipo de la marginalidad. no habla con lenguaje fierita ni tiene tatuajes tumberos. Por eso la escuchamos. Por eso pegó su historia de vida. Por eso pudimos entenderla. Y me incluyo porque, más allá de los esfuerzos que hago a diario por evitarlo, a veces a mí también la pobreza se me vuelve invisible. Lo dijo ella: “sé que es muy difícil comprender y que muchas veces se enojan cuando nos ven ser como somos. pero ahora, cada vez que se crucen a un villero, a un pobre o a un marginal, porque se los van a cruzar, porque somos un montón, porque estamos por todos lados y porque no somos invisibles como muchos dicen. pero cuando se los crucen, antes de enojarse y preguntarse qué tienen estos tipos en la cabeza, me gustaría que piensen si se hubieran enojado con una nena que hizo pis en el bidet porque nunca había visto un baño”.

Mayra pudo poner palabras al dolor de ser pobre. Hizo docencia cuando explicó: “incorporamos erróneamente la idea de que cuando somos violentos nos tienen otro respeto porque cuando una empieza a ser violenta te dejan de preguntar por qué tenés las zapatillas rotas o por qué nunca traés lo que pide la seño”. Como sociedad, ¿qué creemos que le pasa a un chico que crece pensando que es de ricos comer dos veces al día? si por un instante pudimos abrir los ojos a otra realidad, entender cómo es esta vida de náufragos sociales, cómo un niño crece en un desamparo absoluto y en su vida adulta después hace lo que puede, no volvamos a cerrarlos.

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