Enamorarse en París: la magia inevitable de la Bibliothèque Nationale de France
Cuando viajar sola se convierte en una historia de amor con la cultura, la arquitectura y el silencio

París enamora. Pero no siempre de la manera que uno imagina.
En esta crónica íntima, Luz Martí descubre que los viajes no solo despiertan romances humanos: también pueden encender pasiones inesperadas por lugares que nos transforman para siempre. Entre aeropuertos, lluvias parisinas y bibliotecas monumentales, la autora encuentra en la Bibliothèque nationale de France un amor inesperado —profundo, silencioso e inolvidable.
El viaje antes del viaje
La atmósfera de los viajes es propicia para los enamoramientos. Y no necesariamente deben recaer sobre personas. Algo de eso sucedió en mi último viaje a Francia. Fue el 11 de noviembre y creo que debería contarlo.
Como cada vez que se acerca la fecha de un viaje, me envuelve una pereza agobiante. ¿Qué me impulsa a pasar tantos controles de aduana, a hacer listas, valijas, a no olvidarme de nada? Esta vez solo agregué un paraguas y, mal que me pesara, botas de goma. En París va a llover, como siempre, y nada me hace sentir tan desgraciada como tener los pies mojados.
En Ezeiza descubro que es en Buenos Aires donde quiero estar. Voy a hacer eso que amo y odio: viajar.
Aeropuertos: ese territorio sin tiempo
En ese limbo que son los aeropuertos se agolpan preguntas y sentimientos que no sé dónde ubicar. Allí no existe presente, pasado ni futuro: solo espera.
Todos parecen ricos y felices. Todos dan la imagen de gente que sabe a dónde va en la vida.
Después del embarque, caminamos en fila por la manga como en el ensayo perfecto del camino que todos, inevitablemente, transitaremos hacia el Más Allá. Dentro del avión empujamos equipajes, nos desplomamos en el asiento 46D y, poco a poco, las preocupaciones empiezan a desvanecerse.
En el aire, los recuerdos se mezclan. Olores, voces, escenas del pasado me recorren como una energía suelta que no busco pero que insiste. ¿Será porque en las nubes hemos perdido el piso?
Llegar a París bajo el cielo gris
París aparece desde el aire como una lámina escolar que define el sustantivo “ciudad”: casitas, jardines, autos, calles, un río, un puente. Llovizna. A París el cielo gris le sienta bien.
Mientras espero que me busquen, leo la lista de lugares que anoté antes de partir. ¿Y si no fuera a ninguno? ¿Y si me quedara cinco días en el hotel sin salir? La idea me seduce, pero sé que no la cumpliré.
Mi objetivo era claro: la Bibliothèque nationale de France, sede Richelieu.
La Bibliothèque Nationale de France: un amor inesperado
No la sede Mitterrand, moderna y monumental, sino su cuna histórica.
Cruzo un jardín de papiráceas —plantas vinculadas al origen del papel— y todo parece perfectamente dispuesto para anticipar lo que vendrá.
El edificio fue palacio del cardenal Mazarino y biblioteca real desde principios del 1700. Renovado durante doce años, reabrió en 2022 para exponer un patrimonio excepcional.
Y entonces sucede. La Sala Oval. Descubrirla es conmovedor. Me hace llorar. Espero que nadie lo note.En ese instante sé que la BNF vale el viaje entero. Estoy enamorándome perdidamente de ella.
Lectores silenciosos, miles de libros, casi ningún turista. La recorro con una mezcla de devoción y urgencia, como quien quiere guardar en la memoria algo irrepetible.
La Sala Labrouste —con sus nueve cúpulas sostenidas por columnas metálicas y frescos vegetales— es una obra escenográfica de belleza monumental. Todo transmite calma.
El lujo del tiempo propio
El patrimonio es apabullante: manuscritos de Los Miserables, partituras originales de Ravel, Debussy y Berlioz, cuadernos de Marie Curie aún conservados en cajas especiales por su radioactividad.
Pero lo que más valoro es la escala.Ya no quiero el Louvre desbordado ni la Gioconda vista a la distancia entre teléfonos levantados como bayonetas.
Almuerzo una tarta de espinaca y parmesano, masa brisée dorada y crujiente, y vuelvo a entrar. Viajar sola es disponer del tiempo a tu antojo. Recorro una muestra dedicada a los Nabis y me encuentro con Félix Vallotton. Las estampas me recuerdan la street photography actual, como si esos artistas hubieran anticipado nuestra mirada contemporánea.
Cuando un lugar se convierte en amor
Intento visitar los Archivos Nacionales, descritos en redes como “un pequeño Versalles”. No lo son. Y entiendo que no conviene empañar una experiencia perfecta con otra menor.
Mientras tanto, mi nuevo amor —la BNF— crece dentro de mí, inmenso e imbatible. Comprendí que uno también puede enamorarse de un lugar.
Y que algunos amores no piden reciprocidad: basta con que existan.
Texto: Luz Marti
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