Nápoles: una vez no basta
Caótica y refinada, popular y culta, intensa y hospitalaria. En su primer viaje a Nápoles, Luz Martí descubre una ciudad que desafía prejuicios y deja una certeza: una vez no basta.

No hizo falta mucho para ceder ante el embrujo de Nápoles y dejarme seducir por una ciudad que mi madre, tan amante de Florencia y del Quattrocento, había denostado siempre como un caos de vulgaridad.
Llegué a fines de abril y los días de mi estadía fueron perfectos. El clima de sol, sin ser caluroso, la amiga Daniela, encantadora y dispuesta a llevarme de acá para allá mostrándome su ciudad pero, a la vez, respetuosa de mis horarios: las mañanas serían enteramente mías.
Así pude demorarme en el Museo Arqueológico, tan fantástico que da para dos o tres visitas seguidas; conocer sola las estaciones de metro Toledo y la recién renovada Chiaia (me perdí la modernísima de Monte Sant’Angelo, diseñada por Anish Kapoor e inspirada en el descenso al infierno de Dante), impresionante, con un color dedicado a cada piso desde el azul al rojo, pensada para representar un viaje iniciático desde la luz hacia la profundidad roja del Vesubio, la continuidad entre mito y vida cotidiana en Nápoles, la revalorización del espacio público como lugar de arte y la identidad napolitana como mezcla de belleza, oscuridad, historia y renacimiento.
¡Y después vengan a decirme que es una ciudad ordinaria de gente gritona!
Nápoles te recuerda constantemente su pasado majestuoso.
No hace falta ser muy culto para darse cuenta de que Nápoles te habla de un refinamiento que por lo general no se menciona, del olvido al que el norte la sometió durante siglos y de un reconocimiento turístico del que goza desde hace pocos años. Te lo muestra sin prejuicios, con disfrute, con alegría, con supersticiones y cábalas, con una desfachatez encantadora.
Una ciudad donde el tiempo se vive intensamente al pie de un volcán, sin que el pesimismo parezca tener cabida.
Una ciudad que celebra la vida
En la calle se ve gente riéndose, familias paseando juntas, conversaciones apasionadas, niñas maquilladas a edades en las que deberían jugar con muñecas, niños peinados y vestidos como hombres enanos, pequeños personajes de la serie Gomorra, o saltando al mar desde una escollera, salpicándose divertidos entre ellos y animados por quienes los miran desde el puerto.
Una ciudad donde un Estado casi ausente permite que cada uno se organice como le parezca, donde imagino un acuerdo tácito entre ellos que diga que las normas son, finalmente, las que cada cual decida.
Pasan frente a mí los cuerpos trabajados en los gimnasios, bronceados por el sol mediterráneo, la ropa ajustada, la variedad infinita de uniformes de militares, carabinieri, policías y guardias de museos, impecables, como cortados por Armani en persona, escandalosamente llenos de alamares, cordones dorados y condecoraciones de dudosísimo origen.
Y la vida que se festeja en una pizza, en un cerasiello rojo y brillante como amuleto contra la mala suerte, en un café con el vasito de agua que lo acompaña para beberla antes, nunca después, o en un motorino a toda velocidad por el borde del mar.
Maradona, neones y Sorrentino
Y el Quartiere Spagnoli, el barrio más popular para los turistas, el de las calles con la ropa colgada, las banderas del Napoli y el santuario de Maradona.
El neón parece haber encontrado en la vieja Parténope un lugar para quedarse y reproducirse ad infinitum en anuncios, decoraciones de interior y envolviendo las imágenes de las Madonnas, rodeándolas de nieblas azules incandescentes que brillan, surreales, en la penumbra de las iglesias barrocas.
Pasear por cualquier barrio, desde el Vomero o Chiaia, tan elegantes bajo la sombra de sus plátanos enormes, hasta los más populares o el paseo marítimo que estalla de público los fines de semana, es comulgar con la vida de las películas de Sorrentino, con la serie Los bastardos de Pizzofalcone que miro en el canal Europa Europa y de cuyos personajes descubrí a uno caminando por Capodimonte.
Sí, eso. Lo vi venir y pensé: “A ese viejo lo conozco” (ese viejo que tiene mi edad) y era Gianfelice Imparato, que interpreta a un policía retirado. Me perdí la selfie, una pena, porque en ese estado de entusiasmo hubiera sido capaz de pedírsela, pero me demoré y él siguió su camino.
Pasear por Nápoles es también entender el italiano como si el don de lenguas fuera un regalo de algún ancestro, para que todo cuanto nos digan suene claro y entrañable, como hablado en español.
El regalo inesperado de Girolamini
Me iba con muchísima pena de la ciudad, sabiendo todo lo que me faltaba ver, cuando leí que la bellísima Biblioteca Statale Oratoriana dei Girolamini (1586), la biblioteca pública más antigua de Nápoles, había reabierto sus puertas con una exposición insuperable después de catorce años de restauraciones y de que su director se robara una buena cantidad de incunables para venderlos.
Llegué tempranísimo.
—Imposible, señora —me dijo el guardia de la puerta—. Hay que reservar entrada con mucho tiempo, lo lamento, aunque creo que a esos dos muchachos de allí les sobra una.
Y así me abrió una posibilidad inesperada que resultó en un ticket y en una mañana de gloria.
El Renacimiento del Sur
Si algo quedaba para que perdiese del todo la cabeza por esa ciudad era ver esa biblioteca y esa muestra.
Rinascimento meridionale. La biblioteca di Andrea Matteo III Acquaviva, una exposición que presenta la valiosísima colección de códices miniados y libros de filosofía de Andrea Matteo III Acquaviva (1456–1528), príncipe emblemático del Renacimiento del Mezzogiorno.
Un movimiento que no copió al toscano, sino que participó del humanismo europeo aportando lo propio, atravesado por influencias mediterráneas, hispánicas y bizantinas.
Deslumbrante y conmovedora, la tecnología al servicio del arte, destacando sin opacar, lejos del impacto Disneylandia y cerca de lo pensado desde un conocimiento profundo que nos habla de la construcción del saber y del poder rotundo del Renacimiento meridional.
Una sala oscura de ambiente inigualable: música suave de instrumentos antiguos, pensada para sostener la experiencia visual y no para protagonizarla; luces puntuales sobre los códices abiertos enseñando sus trazos de color y oro apoyados sobre una mesa inmensa donde, entre ellos, se proyectaban imágenes de mapas antiguos recorridos por pájaros, iguanas o culebras en movimiento, así como fuegos que se encendían, caballeros con armaduras o caballos que galopaban casi rozando el techo, proyectados también sobre una de las paredes del fondo.
Por qué quiero volver
De camino al aeropuerto me sorprendí pensando cómo yo, una amante confesa del urbanismo parisino, de mentalidad racionalista, del orden y la armonía, de la piedra caliza y de la elegancia discreta del gris y beige, podía haber llegado a semejante arrebato por otra ciudad, anárquica e imprevisible, tan en sus antípodas, y reconocerme en ambas.
Pero no era Nápoles la excepción, sino París.
Porque la vitalidad exquisita y exuberante de ese caos hospitalario, sostenido por capas y capas de arte y de cultura de siglos, que hoy me ata a Nápoles, me había seducido también en El Cairo y en Ciudad de México.
Y ahora necesito volver una y otra vez a todas ellas.
Texto: Luz Marti
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