¿Porqué el Cairo?

Más allá de conocer los tesoros de Egipto, viajar a El Cairo puede depararnos una sorpresa inolvidable. Es una ciudad ideal para soñadores, de atmósfera magnética, de la que podemos enamorarnos perdidamente casi sin darnos cuenta.

¿Porqué el Cairo?

Si viajar a Medio Oriente tiene el atractivo de lo desconocido, lo fascinante y lo exótico, no es menos cierto que son destinos que no gustan a todos.


Cuando empecé a recorrer tierras como Marruecos, Túnez y Egipto, quise vivirlo intensamente: alojarme en hoteles locales, probar la comida, interactuar con la gente y, sobre todo, evitar las excursiones masivas. De todas maneras, me uní a algunas que se realizaban en camioneta con pocos pasajeros, ya que el riesgo de perder tiempo dando vueltas desubicada es también el riesgo de dejar de conocer lugares interesantes.


Mi primer destino fue Marruecos, y en ese viaje aprendí mucho de lo que después me serviría para viajes sucesivos. Entendí que, para aprovecharlo todo a mi estilo, era necesario haber leído sobre las experiencias de otros viajeros, actuales y de siglos anteriores; ver cine y documentales; revisar mapas y comprender un poco de qué se trataba ese nuevo mundo que se abriría ante mí, para poder extraer de él lo más jugoso.


¿Porqué el Cairo?


Siguiendo esa tónica, me aconsejaron no detenerme demasiado en los inabordables cinco mil años de historia egipcia. En este caso, lo importante era abrirse a ver y ver, y luego, ya de regreso a casa, con el corazón repleto de emociones e imágenes, empezar a ocuparme de aquello que más me había impactado.


Egipto en la memoria

El desierto, Abu Simbel, Esna, Luxor, Karnak, la isla de Philae, la navegación por el Nilo, los cultivos en una cinta verde y angosta a cada margen, las velas de las felucas, los hombres con sus galabeias de algodón fino… toda esa maravilla se iba acumulando en mi memoria sin pausa alguna.


¿Porqué el Cairo?
¿Porqué el Cairo?



El final del viaje era pasar unos días en El Cairo, y fue justamente allí donde sucumbí al embrujo de esta ciudad caótica y misteriosa, llena de aristas inimaginables.


El Cairo se ama o se odia. Te atrapa o te dan ganas de no salir del hotel, esperando que llegue el momento de trasladarte al aeropuerto para irte.


El alma vibrante de El Cairo

Más allá de las Pirámides, la Esfinge y los atractivos más conocidos, las calles de El Cairo vibran de manera constante, desplegando impactos sensoriales de todo tipo.


La arquitectura varía con edificios que conservan resabios franceses, ingleses o indios, muchas veces en estados dudosos, desgastados por el tiempo. Todo parece cubierto por una capa de arena finísima e inevitable, traída por los vientos del desierto, que agrisa los colores de los objetos y las plantas.


No escapa a esta característica el imponente, y ya viejo, Museo Egipcio de El Cairo, ubicado en la Plaza Tahrir. Diseñado en estilo neoclásico por el arquitecto francés Marcel Dourgnon e inaugurado en 1902, este museo nos invita a conocer tesoros como los de Tutankamón, además de salas atiborradas de momias y sarcófagos en vitrinas polvorientas.


A finales de 2024, comenzaron a abrir algunas salas del modernísimo Gran Museo Egipcio, situado muy cerca de las Pirámides de Giza. Una nueva joya que albergará más de cien mil piezas arqueológicas de una de las civilizaciones más importantes del planeta, algunas jamás exhibidas hasta hoy, como el Barco Solar de Keops, uno de los más antiguos del mundo, construido en el año 2500 a.C.


Caos y poesía en la ciudad

La ciudad es un caos en movimiento. El tránsito nunca se detiene, las bocinas suenan sin cesar y cruzar una calle importante es casi una aventura. Pero, al adentrarnos en las callejuelas del centro, el mundo cambia: una música hipnótica se escapa de los negocios, los hombres, sentados en sillas frágiles, toman café en mesitas de mármol dispuestas sobre la vereda, las mujeres caminan cargadas de bolsas y, cada tanto, el canto del muecín, desde la torre de una mezquita, recuerda la hora de la oración.


Yo había hecho mis deberes y leído mucho sobre la ciudad y su gente. Nada de lo que veía me resultaba del todo familiar, pero la sensación de estar dentro de un sueño me invitaba a seguir conociendo, a perderme en esos callejones mal iluminados y anárquicos que parecían no tener fin.


Aún me quedaba llegar al mítico Café Riche, donde desde 1908 se reunían intelectuales y políticos. Un lugar emblemático que me transportó al esplendor del Egipto de principios del siglo XX.

¿Porqué el Cairo?



El Cairo bajo la luna

Ya era de noche cuando salí del café. Regresé a mi hotel, que en su día había sido un palacio que albergó a la emperatriz Eugenia, cuando viajó a Egipto en 1869 para la inauguración del Canal de Suez.


La luna llena bañaba el jardín. Imaginé el Nilo bajo esa luz y necesité verlo.

A pesar de que la terraza estaba en reparaciones, un empleado del hotel me acompañó y abrió la puerta. Avanzamos entre escombros y tablones hasta llegar a una baranda.


Al asomarme, El Cairo brillaba bajo una luz blanquecina, salpicada de focos amarillos. El Nilo, plateado, se deslizaba imperturbable y poderoso, como desde el origen de los tiempos.


¿Porqué el Cairo?


Texto: Luz Marti

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