Ciudad de México: el caos que también deslumbra

Inmensa, caótica, fascinante y por momentos agotadora, Ciudad de México no se deja comprender a primera vista. Hay que atravesar sus cables, sus humos, su tráfico y sus contradicciones para descubrir una ciudad donde conviven el pasado prehispánico, la arquitectura contemporánea, el arte, la literatura y una identidad que late en cada calle.

Ciudad de México: el caos que también deslumbra

Luz Martí


Para descubrir lo bueno y lo bello que se esconde detrás de la anarquía de Ciudad de México hay que mirar más allá de la maraña de cables que atraviesa las calles, de los puestos de guisos humeantes y sofritos desconocidos, del tráfico abrumador, del smog que sigilosamente irrita los ojos y de las veredas desiguales, alteradas por los movimientos telúricos o por la fuerza de las raíces de árboles inmensos. Somos descubridores y todo eso, más que molestar, suma.


La ciudad primero desconcierta. Después obliga a mirar. Y, finalmente, atrapa.

Distinto de otros destinos donde todo coincide con aquello que esperábamos y tantas veces vimos en fotografías, Ciudad de México necesita tiempo. No se trata de una ciudad sencilla y el tiempo que pasemos allí tampoco lo será. Es una metrópoli inmensa que se destruye y se construye al mismo tiempo frente a nuestros ojos: el reflejo de una Latinoamérica que se destaca y que fracasa, que conserva las huellas de civilizaciones de enorme desarrollo artístico y conocimiento mientras convive con el caos de la vida cotidiana.


Ciudad de México: el caos que también deslumbra


Fue muy poco lo que me dijeron antes de viajar: nada de taxis por la calle, un par de barrios seguros para alojarme, no al agua de la canilla, no a la comida de los puestos callejeros. Lo que ya sabía.


Me llevó Aeroméxico y, desde el minuto uno, la línea de bandera empezó a mostrarme la identidad del país a través de los uniformes de la tripulación, que incluyen bordados a mano realizados por más de trescientas mujeres de los Altos de Chiapas. Una manera de poner en valor el trabajo artesanal y comunitario y de adjudicarle a cada vuelo la protección de un guerrero águila de la cosmogonía prehispánica. Precioso.


No sirven demasiado las comparaciones inevitables: “esto me hace acordar a Buenos Aires”, “esto a Córdoba”, “esto es Liniers”. Son formas de surfear la desorientación, algo de donde agarrarnos para hacer pie y empezar a comprender lo que vive y late a nuestro alrededor. Porque la ciudad vive y late. Se siente.


Por suerte, mucho de lo que nos rodea y pretenderemos recordar más tarde florece en las imágenes de una literatura poderosa: estamos en la tierra de Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska y Sor Juana Inés de la Cruz.


Tesoros detrás del caos


Ciudad de México: el caos que también deslumbra


CDMX guarda tesoros artísticos inigualables, una historia precolombina riquísima y una arquitectura contemporánea capaz de sorprender a cada paso.


Caminar por las calles del centro, vecinas al Zócalo, es toparse con un pasado construido por mentes que dejaron huellas que todavía sobreviven. Esas huellas emergen en medio del smog, de las hileras de puestos de tortillas y maíz tostado, del tránsito, de tiendas decimonónicas como La Palestina o el Palacio de Hierro y de los numerosos negocios de vestidos para bodas y fiestas de quince destinados a quienes quieran ser princesas de Disney por una noche.


Imponente el Museo Nacional de Antropología. Imponente y agotador para quien no sea experto en culturas prehispánicas, tanto que me hizo preferir la escala más amigable del Museo del Templo Mayor, a pocas cuadras del Zócalo, con su iluminación escenográfica y el patrimonio deslumbrante de cada una de sus salas.


Ciudad de México: el caos que también deslumbra


Mucho más joven, el Museo Anahuacalli, en Coyoacán, se convirtió en mi favorito. Concebido por Diego Rivera con la colaboración de Juan O’Gorman, alberga la colección de objetos prehispánicos del artista. Inspirado en las pirámides mesoamericanas y construido en piedra volcánica negra, austera y elegante, el edificio sorprende por su modernidad. Más que un museo, es un mapa del universo nahua.


El edificio se impone sólido y diferente de todo lo conocido. Inspirado en las pirámides mesoamericanas y construido en piedra volcánica negra, porosa, austera y elegante, sorprende también por su modernidad. Porque el Anahuacalli no es solamente un museo: es un mapa del universo nahua donde cada detalle responde a una estructura cosmológica precisa.


En mi inmersión mexicana me esperaban también el Museo de Arte Moderno y el mismo Castillo de Chapultepec, que muestra un México afrancesado, inimaginable para quienes pretendemos resolverlo todo con un sombrero de charro, un cuadro de Frida o un mural de Diego.

Ciudad de México: el caos que también deslumbra


Pero México es mucho más. Es la fotografía de Graciela Iturbide y Manuel Álvarez Bravo, la pintura de Leonora Carrington y Remedios Varo, el cine de Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu. Es La Condesa y su arrobadora avenida Ámsterdam; son los canales de Xochimilco con sus trajineras coloridas y los mariachis a todo volumen; las artesanías refinadísimas, las flores exuberantes, los banderines de papel picado y los altares del Día de Muertos.


También es la Basílica de Guadalupe nueva, inaugurada en 1976, que parece la sede de las Naciones Unidas, y el Templo Expiatorio a Cristo Rey, la antigua basílica construida entre 1695 y 1709, que se hunde y no se hunde, La Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, donde flota el recuerdo trágico de la matanza del 2 de octubre de 1968; y los negocios de recuerdos donde cientos de vírgenes de Guadalupe se codean con sombreros de charro bordados en oro y plata y botellitas de mezcal.


No todo deslumbra. Me sobró el Museo Soumaya de la Fundación Carlos Slim: un edificio imponente cubierto por placas de aluminio en cuyo interior las colecciones decepcionan por su calidad y por cómo se exhiben, en un conjunto atiborrado, sin orden ni sentido. Una promesa que se convierte en pérdida de tiempo.


Todo lo que todavía falta

Sé que tengo que volver. Me faltó caminar más y recorrer sitios como la zona arqueológica de Mixcoac, escondida dentro de un barrio residencial. Me faltaron calles, galerías de arte y obras de arquitectura. Todavía necesito conocer el edificio emblemático de la Biblioteca Central de la UNAM, el Museo Nacional de Arte y el Palacio Postal; descubrir más casas de Luis Barragán, con su sobriedad y su manejo del color, y seguir explorando la arquitectura contemporánea.


Tal vez Ciudad de México sea indescifrable porque nunca está quieta. Todo se mezcla, cambia y obliga a revisarlo a cada rato. Quizás por eso una sola visita no alcanza.

Quiero más CDMX. Y en eso estoy.


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